Por Luzia Moraes
A través de la materialidad, llaves de cobre en algunos, costuras y aroma e intervenciones, esta obra propone una experiencia interactiva que transforma al lector en coautor físico del relato.
En una época donde los algoritmos anticipan los gustos de consumo y las plataformas recomiendan qué leer antes de que aparezca la curiosidad, el artista y escritor Olaff Crown irrumpe en el panorama editorial con Instructivo para habitar un laberinto. Esta obra rompe con los límites de la literatura tradicional para convertirse en una obra de arte portable y en una experiencia puramente sensorial que reivindica el derecho a la incertidumbre.
A continuación, comparto el análisis y las reflexiones desde mi punto de vista esta propuesta exige.
Confieso que hacía mucho tiempo un libro no lograba sorprenderme antes de leer su primera palabra. Cuando Instructivo para habitar un laberinto llegó a mis manos pensé que se trataba de una edición cuidadosamente diseñada, quizá una apuesta estética para llamar la atención del lector. Bastó abrir la cubierta para comprender que estaba equivocado. Allí, adherida con una cinta, una pequeña llave de cobre parecía esperar algo de mí. No explicaba nada. No prometía nada. Simplemente estaba allí, obligándome a preguntarme qué puerta debía abrir. Desde ese instante comprendí que no estaba frente a un libro convencional, sino frente a una obra que había decidido convertir mi curiosidad en el verdadero prólogo.
Continué pasando las páginas con rapidez, como solemos hacerlo quienes creemos dominar el ritual de la lectura. Entonces apareció un espejo difuso acompañado por una frase desconcertante. Más adelante encontré una gruesa costura roja con una pequeña etiqueta que ordenaba: "Hálame". Su materialidad construida con papeles de diferentes gramajes, superficies ásperas como la lija, perforaciones, pliegues, texturas inesperadas, hojas quemadas y, de repente, un aroma que despertó recuerdos que ni siquiera sabía que conservaba. Fue entonces cuando comprendí que estaba leyendo con los dedos, con el olfato, con los oídos y hasta con la memoria. Pocas veces un libro me ha recordado que el acto de leer también pertenece al cuerpo.
Durante años hemos repetido que la literatura vive únicamente en las palabras. Olaff Crown parece cuestionar esa afirmación desde la primera página. Su libro demuestra que también existe una narrativa construida con materiales, silencios, vacíos, objetos y decisiones físicas. Aquí el papel no es un soporte del texto; forma parte del relato.
No pude evitar pensar en Rayuela, de Julio Cortázar. Aquella novela nos enseñó que un libro podía leerse de distintas maneras y que el orden tradicional podía romperse sin destruir la historia. También recordé a Jorge Luis Borges, quien convirtió el laberinto en una de las metáforas más profundas del conocimiento y de la existencia. Sin embargo, mientras Cortázar reorganiza el recorrido de la lectura y Borges construye laberintos intelectuales casi infinitos, Olaff Crown desplaza ese territorio hacia otro lugar: el de la experiencia sensorial. Su laberinto no está hecho de arquitectura narrativa; está construido con emociones, materia y percepción, un laberinto real, un ser vivo que pide ser habitado.
Encontré también resonancias con los libros de artista que comenzaron a cobrar fuerza durante el siglo XX, obras donde el objeto deja de ser un simple recipiente para convertirse en parte inseparable del discurso. Pero incluso allí Crown introduce una diferencia importante: muchas piezas de arte conceptual terminan siendo contempladas como objetos de museo; Instructivo para habitar un laberinto exige ser manipulado como el mismo acto de hacer el amor. El libro es una obra de arte y necesita, casi lo pide a gritos, que el lector lo intervenga, lo desgaste y deje sobre él las marcas de su recorrido. Es un libro con identidad que implora envejecer junto a quien lo lee.
Esa decisión me parece profundamente contemporánea. En ese sentido, pienso que un libro digital siempre será exactamente igual después de miles de lecturas. Este, en cambio, cambia conmigo. Cada pliegue, cada roce, cada doblez y cada decisión lo transforman. Al finalizar comprendí que el ejemplar que sostenía ya no era exactamente el mismo que había abierto unas horas antes.
También me llamó la atención la forma en que Crown reflexiona sobre el lenguaje; su metáfora del "hospital de las palabras" me pareció una de las imágenes más sugerentes de toda la obra. Hay algo de cierto en esa preocupación: utilizamos palabras todos los días, pero pocas veces pensamos en el desgaste que produce la costumbre. Algunas sobreviven vacías; otras cambian de significado sin que lo advirtamos. Por eso el autor propone devolverles movilidad, respiración y riesgo. En lugar de escribir para confirmar certezas, escribe para devolver incertidumbre al lenguaje.
No todo resulta cómodo durante la lectura, y ahí encuentro otro de sus mayores méritos, porque este libro exige paciencia; obliga a detenerse cuando el lector contemporáneo ha sido entrenado para avanzar rápidamente. Instructivo para habitar un laberinto desconcierta cuando esperamos instrucciones y calla cuando deseamos explicaciones; en ocasiones incluso produce la sensación de estar perdido. Pero ¿no es esa, precisamente, la esencia de todo laberinto?
Mientras avanzaba recordé una frase de Umberto Eco, quien afirmaba que el lector ideal es aquel que coopera con la obra. Instructivo para habitar un laberinto lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias. Desde esta óptica, el lector deja de interpretar únicamente las palabras; interpreta materiales, decisiones editoriales, vacíos, texturas y objetos. Obliga a participar físicamente del proceso creativo y, sin darse cuenta, el lector se convierte, en cierto modo, en coautor de la experiencia.
Quizá algunos lectores esperen una novela tradicional y salgan desconcertados. Otros buscarán un poemario clásico y tampoco lo encontrarán. Pienso que el mayor error sería acercarse a esta obra preguntándose a qué género pertenece. La verdadera pregunta es otra: ¿qué tipo de experiencia propone? Mi respuesta sería sencilla: propone recordar que un libro todavía puede sorprender.
Este libro no ofrece caminos seguros ni finales cerrados. Invita a caminar sin mapa, a interactuar, a oler, a detenerse y, sobre todo, a aceptar que algunas respuestas solo aparecen cuando dejamos de buscarlas. Al cerrar la última página tuve la extraña sensación de que el libro seguía abierto, no porque hubiese dejado algo inconcluso, sino porque el verdadero recorrido ya no estaba entre sus hojas, sino dentro de mí.
Instructivo para habitar un laberinto no pretende revolucionar la literatura ni competir con los grandes clásicos. La aspiración es mucho más silenciosa y profunda: recordarnos que leer puede seguir siendo un acto de descubrimiento, de tomarnos un tiempo, de equivocarnos, de explorar y de maravillarnos. Y cuando un libro consigue rescatar el asombro, no necesita encontrar la salida del laberinto. Ya ha cumplido su propósito.
Sobre el autor: Olaff Crown es un artista plástico, diseñador gráfico y escritor contemporáneo enfocado en la exploración del arte interactivo y el arte portable como formatos de conexión humana.
Disponibilidad del libro: INFO: +57 300 402 9916

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